domingo, 25 de octubre de 2015

Formando el carácter de los niños (Hijos para Dios)

FORMACIÓN DEL CARÁCTER DE LOS niños
Philip Doddridge (1702-1751)
Hay que educar a los niños de modo que sean obedientes a sus padres. 
Este es un mandato que Dios ordenó desde el Monte Sinaí anexando al mismo la singular promesa de larga vida, una bendición que los jóvenes desean mucho (Éxo. 20:12). Es por eso que el Apóstol observa que es el primer mandamiento con promesa, o sea, un mandato muy excepcional por la forma como incluye la promesa. Efesios 6:1-2.


 Y es por cierto una disposición sabia de la  Providencia  la  que  otorga  a  los  padres  tanta  autoridad,  especialmente  durante  sus  primeros  años,  cuando mentalmente  no  pueden juzgar  y actuar por  sí mismos  en  cuestiones  importantes. Por lo  tanto  hay que  enseñar temprano y con un convencimiento bíblico de que Dios los ha puesto en manos de sus padres. En consecuencia, hay  que  enseñarles  que  la  reverencia  y  obediencia  a  sus  padres  es  parte  de  sus  deberes  hacia  Dios  y  que  la desobediencia  es  una  rebelión  contra  él.  Los  padres  no  deben  dejar  que  los  niños  actúen  directamente  y resueltamente  en  oposición  a  sus  padres  en  cuestiones  grandes  y  chicas,  recordando:  “El  muchacho  consentido avergonzará a su madre” (Prov. 29:15). Y con respecto a la sujeción al igual que el afecto: “Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud” (Lam. 3:27).

Hay que educar a los niños de modo que sean considerados y buenos con todos. El gran Apóstol nos dice que “el cumplimiento  de  la  ley  es  el  amor”  (Rom.  13:10),  y que  todas  sus  ramificaciones  que  se  relacionan  con nuestro prójimo  se  resumen  en  esa  sola  palabra: amor.  Entonces,  hemos  de  esforzarnos  por  enseñarles  este  amor. Descubriremos que en muchos casos será una ley en sí y los guiará bien en muchas acciones en particular, cuyo cumplimiento  puede  depender  de  principios  de  equidad  que  escapan  a  su  comprensión  infantil.  No  existe una instrucción relacionada con nuestro deber que se adapte mejor a la capacidad de los niños que la Regla de Oro (tan importante para los adultos): “Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mat. 7:12). Debemos enseñarles esta regla, y por ella debemos examinar sus acciones. Desde su cuna hemos de inculcarles con frecuencia que gran parte de su vida cristiana consiste en hacer el bien, que la sabiduría  de  lo  Alto  está  llena  de  misericordia  y  buenos  frutos,  y  que  todos  los  cristianos  deben  hacer  el  bien  a todos los que tengan oportunidad de hacerlo. Para que nuestros hijos reciban con buena disposición tales enseñanzas, hemos de esforzarnos usando todos los métodos prudenciales, por ablandar sus corazones predisponiéndolos hacia sentimientos de humanidad y ternura, y de cuidarse de todo que pueda ser una tendencia opuesta. En lo posible, hemos de prevenir que vean cualquier tipo de espectáculo cruel y sangriento, y desalentar con cuidado que traten mal a los animales. De ninguna manera hemos  de  permitirles  que  tomen  en  broma  la  muerte  o  el  sufrimiento  de  animales  domésticos,  sino  más  bien enseñarles  a  tratarlos  bien  y  a  cuidarlos,  sabiendo  que  no  hacerlo  es  una  señal  despreciable  de  una  disposición salvaje y maligna. “El justo cuida la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Prov. 12:10). Debemos, igualmente, asegurarnos  de  enseñarles lo  odioso  y  necio  de  un temperamento  egoísta y animarles a estar  dispuestos  a  hacerles  a  los  demás  lo  que  les gusta  que  les  hagan  a  ellos  mismos.  Hemos  de  esforzarnos especialmente de fomentar en ellos sentimientos de compasión por los pobres. Hemos de mostrarles donde Dios ha dicho:  “Bienaventurado  el  que  piensa  en  el pobre;  en  el  día  malo  lo  librará  Jehová”.  El que  muestra  compasión hacia el pobre es como si lo hiciera para el Señor, y lo que le da le será devuelto. Y tenemos que mostrarles, con nuestra propia práctica que realmente creemos que estas promesas son ciertas e importantes. No sería impropio que  alguna  vez  hagamos  que  nuestros  hijos  sean  los mensajeros  cuando  enviamos  alguna  pequeña  ayuda  al indigente o al que sufre necesidad; y si descubren una disposición de dar algo de lo poco que ellos tienen que les permitimos llamar suyo, debemos animarlos con gozo y asegurarnos que nunca salgan perdedores por su caridad, sino  que  de  un  modo  prudencial  hemos  de  compensarlos  con  abundancia.  Es  difícil  imaginar  que  los  niño educados así vayan a ser más adelante perjudiciales u opresivos; en cambio serán los ornamentos del cristianismo  y las bendiciones del mundo, y probablemente se cuenten entre los últimos que la Providencia deje sufrir necesidad.

Biografía
Formación Bíblica
 De los hijos en  el Hogar.

Pag.16.

No hay comentarios:

Publicar un comentario