domingo, 30 de noviembre de 2014

José y María ¡hombres comunes!

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Dos Vidas Comunes en el Magno Plan de Dios
No era nada fácil vivir en Israel bajo el imperio romano. El pueblo derrotado moraba al antojo del dominio impetuoso, muchas veces cruel y violento, de sus conquistadores. A los habitantes se les concedían ciertas libertades, pero siempre condicionadas. Como mínimo vivían en servidumbre, sujeto a impuestos, discriminación y desprecio. Vivían con la amenaza de ver sus ciudades arrasadas y quemadas, las personas condenadas a muerte por crucifixión para ejemplo a los demás de lo que sucedía con la desobediencia.

La respuesta de algunos hacia la opresión era pensar en revolución. Otros se apartaban casi por completo del contacto con Roma, haciéndose exclusivos, aferrados a su religión. Su templo era una de las maravillas del mundo antiguo, y se refugiaban en su orgullo nacional. Desde tiempos babilónicos los judíos se habían convertido por fin en creyentes en un solo Dios, pero vivían rodeados de una cultura politeísta. Su realidad: impotencia para efectuar el cambio, para ayudarse, para mejorar su humilde situación.
Dentro de este contexto, encontramos dos sencillas vidas ejemplares.


Primero estaba José. Era de Nazaret, una insignificante aldea de unas 400 personas en Galilea, como a 65 kilómetros de la santa ciudad de Jerusalén. Pocos extraños visitaban la aldea. No había por qué hacerlo. No había nada ahí para ver o celebrar. Tenía poca riqueza y nada de cultura.

José era del linaje real del Rey David. Hubiera tenido posibilidades de llegar al trono…si no fuera por el hecho que el César era Emperador y Herodes nombrado Rey de los Judíos. Ya tiempo atrás la familia de José había dejado Belén, la ciudad de David, para radicar en Nazaret. En lugar de ser rey y vivir en el palacio, por profesión José era carpintero. Era joven, trabajador, sencillo y piadoso.

También estaba María, un nombre muy común en aquellos días. Vivía en Galilea rural, en una pequeña casa de piedra y ladrillo, de las que en aquella época se construían. A las niñas de ese tiempo les tocaba moler el trigo y la cebada para hacerlo harina. Preparaban comidas de legumbres, frutas, higos, nueces y borrego. Ayudaban a hilar la lana, para con eso poder crear prendas de ropa. Horneaban el pan. Daban de comer a unos cuanto pollos y al burro familiar. Ayudaban con los hermanitos menores.

Seguramente a María también le tocaba ir por agua al pozo. Era un trabajo necesario, ya que el clima en Israel era seco. El pueblo judío había descubierto que la limpieza prevenía mucha enfermedades, y las purificaciones diarias era una tarea importante para las mujeres. Ir al pozo también significaba un tiempo para hablar con sus amigas y ponerse al día con las noticias.

María nació, creció y vivió en un lugar ordinario. Era una existencia muy ordinaria, un poco pesada, nada llamativa. Los grandes acontecimientos en su entorno eran el nacimiento de un bebé, una boda, una sepultura. De las experiencias más cotidianas María aprendía las profundas lecciones de la vida.

La fe de María era profunda. Vivió una vida servicial y moralmente pura. Aun así, dentro de una cultura donde muchas mujeres tenían altos estándares de moralidad, probablemente no haya resaltado mucho. Además, la cultura era más enfocada a los hombres, por lo que realmente cualquier reconocimiento vendría después, en sus papeles de esposa, de madre.

Los papás de José y María organizaron el matrimonio de sus hijos. Era un arreglo muy diferente a lo que hoy conocemos, pero era la norma en aquellos días. Se preparaba un contrato de compromiso, donde los papás del novio pagaban el precio de la novia. Desde ahí eran considerados legalmente casados, aunque la ceremonia y el vivir juntos no vendrían sino hasta un año después. Durante este tiempo se probaba la fidelidad de los dos, y no había mucho contacto entre ellos. Esperarían el tiempo asignado para ser esposos.
Y así eran las vidas de José y María, dos vidas tranquilas, trabajadoras, piadosas, ordinarias. Nada apuntaba a que ellos fueran a tener un papel de suma importancia en la historia del universo. No se esmeraban por ser vistos, reconocidos, aplaudidos. Si alguien les hubiera dicho que sus nombres quedarían escritos como protagonistas en la más grande historia del mundo, seguramente se hubieran reído de lo absurdo de la idea.


Y la mayoría de nosotros podemos identificarnos con José y María. Dentro de un mundo donde solo unas cuantas personas famosas son reconocidas a nivel internacional, ya sea por su belleza, prestigio o dinero, nosotros quedamos en el anonimato. Es fácil sentir que no podemos causar un impacto sobre nuestro mundo, que no hay gran cosa que podamos hacer para ayudar a avanzar el reino de Dios en este mundo.

Pero eso no puede estar más fuera de la realidad. Las acciones de un hombre, una mujer, un niño pueden sacudir el mundo que les rodea, una persona a la vez. Ocurre en los cotidianos actos ordinarios de la vida. Sucede al visitar a un enfermo. Al estudiar para pasar honradamente un examen. Al trabajar duro para ganarse la nómina. Al rehusarse a salir adelante por medio de la corrupción. Al tenderle la mano al necesitado. No hace falta buscar hacer algo “grande.” La vida está compuesta de miles de momentos, miles de oportunidades para hacer algo sencillo que tal vez solo sea trascendente en la vida de uno, pero que siempre es valioso a los ojos de Dios.

A nosotros no nos corresponden los resultados. Nos corresponde la fidelidad. Dios se encarga de tomar nuestros granitos de arena y hacer de ellos algo valioso. El hace que nuestra vida tenga peso eterno. Seremos sabios en vivir esto como padres, y enseñárselo a nuestros hijos. Recuerda a José y a María, dos vidas muy comunes, pero útiles en gran manera en el magno plan de Dios.


Rebeca Lee Arellanes





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